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B.Ch.D

A las cinco y media de la tarde acudimos a la concentración previa a la manifestación convocada por varias plataformas que tuvo lugar en la plaza de España, en Madrid. Se concurría a todos los ciudadanos descontentos con las medidas de gobierno a participar en una marcha que pretendía llegar hasta la misma puerta del Congreso de los Diputados. En el céntrico parque se dieron cita varios cientos de personas de diferentes niveles sociales y edades, representantes de Izquierda Plural, Democracia Real Ya, 15M, Izquierda Castellana y otros muchos  que no estaban adscritos a los citados partidos. Se intentaría rodear el congreso de forma simbólica, con la intención de pedir un cambio de Gobierno y  reforma en la Constitución. Era 25 de septiembre de 2012.

Concentración en Plaza de España, MAD

Podía verse la euforia en la cara de las  personas allí reunidas, que sonreían con sus pancartas y panfletos informativos, gritando proclamas como “El próximo desalojo, será en la Moncloa”. Pero desde el primer momento se respiraba tensión entre el ambiente festivo: la intención de criminalizar la marcha “25S, Ocupa el Congreso” por parte de las autoridades políticas de la Comunidad de Madrid era manifiesta,  deteniendo a activistas que portaban una pancarta convocando a la manifestación, o identificando a todos los integrantes de una asamblea en el parque del Retiro, días antes de la protestas. El mensaje era claro: “No asoméis la cabeza o recibiréis un porrazo. Vamos a ir a por vosotros con cualquier excusa.”

Activistas del movimiento 15M

Al poco de llegar, una mujer madura de gafas y expresión tranquila,  nos explicó las normas de actuación que debíamos llevar a cabo en el caso de que la policía utilizara una táctica de control conocida como “Kettling”. Ésta se basa en la formación de un sólido y extenso cordón policial que confina a los manifestantes en un área limitada, de la cual no se les permite salir o solamente se les permitiría en condiciones determinadas. Frente a la represión que se auguraba, aquella mujer nos invitó amablemente a seguir técnicas de resistencia pasiva. A sentarnos en el suelo, a entrecruzar los brazos y a no correr presas del pánico ante una carga policial. En la pancarta de un hombre de avanzada edad se podía leer “Me sobra mes al final del sueldo”.

 

Al salir de Plaza de España y encarar la Gran Vía hacia el congreso, una fila de agentes policiales se situó a la izquierda de la marcha, cumpliendo así el primer precepto del “Kettling”. Mientras la marcha salía del parque, pudimos ser conscientes de la cantidad de personas que se habían concentrado en los alrededores del lugar que abandonábamos. Miles y miles de personas coreando y gritando consignas contra el gobierno, a sus ojos, responsables de la penosa situación que atraviesa España. Recortes en educación, en sanidad, congelación y rebaja de sueldos públicos. Atraso en la edad de jubilación, subida de los impuestos indirectos que ha disparado la inflación. La tasa de paro es histórica y la reforma laboral no ha sido la panacea que aseguraba el Gobierno, como todo trabajador sabía.

Táctica de Kettling de la Policía

“No tenemos miedo”. Esta consigna helaba la sangre. Hacían ser consciente de lo que estaba sucediendo en aquella tarde gris. Sonaba a grito de guerra, hacía patente el nivel de descontento de la gente, preparada para hacer frente y hacerse oír por los mandatarios que, a esas horas, ya se atrincheraban en el Congreso, tras las vallas que cercaban el edificio y el fuerte dispositivo policial.

Subimos por Gran Vía

Al bajar por la calle Preciados, de un furgón policial sale un agente uniformado y en sus brazos la primera pistola de pelotas de goma. Pose disuasoria y amenazadora. Una manera de intimidar a los manifestantes y de hacer ver su poder. La pistola de pelotas de goma es larga como un rifle, en la punta tiene un cilindro que recuerda a un trabuco. Es negra, fría, cruel e indiferente. Al igual que el rostro del agente de la Unidad de Intervención Policial que la sostiene. Una mujer de edad avanzada, una anciana, se sitúa entre la marcha y el dispositivo policial. Quizá confusa por el gentío, mira al policía, el arma y a los manifestantes. Nerviosa, se escabulle por un lateral mientras dos activistas de la protesta logran dialogar con el policía, que guarda el arma en la furgoneta entre aplausos y vítores.

Policía y Anciana

A las siete y media conseguimos llegar hasta la plaza de Neptuno. Allí se estaba concentrando el grueso de la manifestación. Fue donde encontramos por primera vez a los compañeros de prensa, vestidos con chalecos identificativos que habían sido solicitados a la Asociación de la Prensa. También llevaban cascos. Para protegerse de los objetos que puedan lanzar los manifestantes. O las porras de los antidisturbios. Porque Madrid no es una comunidad que se precie por las buenas actuaciones policiales. Son conocidas sus cargas en manifestaciones anteriores, como la que tuvo lugar en las manifestaciones mineras en Junio de este año, que se saldó con 76 heridos. A los miembros de los antidisturbios les da igual apalear a un antisistema que romperle la cámara y la cara a un periodista, como en el caso de Daniel Nuevo y Paloma Alcázar (http://bit.ly/SEAVc5) De ahí la necesidad de los profesionales de los medios de ir notablemente identificados, en mitad de una democracia. No tan identificados iban los agentes de policía. Ninguno de ellos lucía su número de identificación en lugar visible, a pesar de que esta norma está contemplada en su reglamento.

El flujo de personas seguía siendo constante y nos trasladamos a primera fila. Allí encontramos el férreo cordón policial, montando guardia frente a las barreras que impedían el paso a la Carrera de San Jerónimo desde la Plaza de las Cortes. Al fondo se encontraban las estatuas de los leones que guardan la puerta del Congreso.

Llegamos a Neptuno

Pancartas en Neptuno

“Os tenemos, rodeados” gritaba la protesta. Los policías, impertérritos en su formación, lucían todo el “repertorio” como le gusta llamarlo a la delegada de Gobierno, Cristina Cifuentes: Cascos, botas militares, chalecos acolchados, escudos, pistolas de pelotas de goma y las temidas porras antidisturbios. Estos bastones miden 52cm y sobresalen de todas las manos de los agentes que forman el cordón policial. También son negros y ciegos.

Porras policiales y Chalecos identificativos

Sentados en el suelo, podemos ver de cerca a las personas que se enfrentan directamente con la policía. Son personas normales, jóvenes y mayores, reivindicando un sistema justo, unas oportunidades que les han arrebatado. Lucen guitarras, pancartas, botellas de agua, tambores, cámaras de televisión o de vídeo. Lanzan cánticos, se comunican mediante una red inmensa de teléfonos móviles e Internet, a pesar de que la cobertura tecnológica fallaba constantemente. No vimos alborotadores, ni violentos, ni iracundos lanzándose contra los agentes. Solo hombres y mujeres que buscaban alzar su voz para que les escuchasen desde arriba, poniéndose muy cerca de los poderosos hasta casi gritarles al oído. Personas que no dudaron en ayudar a una chica que se mareó, surtiéndola de agua, zumo y un espacio para respirar en medio de cuatro mil manifestantes.

Cordón Policial en Neptuno

Cordón Policial en Neptuno

Eran las nueve y cuarto de la noche. No sabríamos decir si fueron radicales violentos o infiltrados de la policía, como parece que apuntan las pruebas. Solo que la gente comenzó a correr. Al fondo, en la oscuridad, se movían rápidas las figuras oscuras de los antidisturbios en formación marcial mientras repartían palos a los allí presentes. La gente gritaba, muchos huían arrollando a personas. Alguien gritó “¡¡aguantad!!”. En todas direcciones, caras de pánico, tropezones y caídas sin dejar de mirar atrás. La carga policial más violenta que habíamos presenciado, barrió por completo a la primera fila. Carne de cañón. Represión policial violenta contra población civil, en su mayor parte, compuesta por jóvenes sin esperanzas. Un hombre con una herida abierta en la cabeza, sangraba. Personas caídas por el suelo. Se llevan a rastras a los detenidos. Detonaciones por todas partes, lluvia de pelotas de goma.  Gente aterrada que se parapetó en los arbustos del parque del Paseo del Prado, como si aquellas débiles ramas pudieran resguardarlos de los porrazos. Más detonaciones.

Segundos antes de las cargas

Pero la gente aguantó. Tras el primer envite, los manifestantes se reagruparon. Se calmaron los ánimos. Volvieron a sentarse en el suelo frente a la policía antidisturbios.  Actitud pacífica. La última imagen fue de un hombre en calzoncillos que, sonriente y triunfal, paseaba delante de los agentes portando una pancarta: “Esta es Madrid sin Esperanza”.

Hombre herido en la carga trasladado por el SAMUR

Sentada tras las cargas

Dispositivo policial tras las cargas

Tras los incidentes en la Plaza de Neptuno durante la protestas del 25S, se obtuvo un saldo de 64 heridos y 38 detenidos. Se contaron alrededor de 6.000 personas, según la delegación de Gobierno. Al día siguiente comenzó el torrente de reacciones políticas. Todas bastante previsibles. Algunas sobrepasando el límite de la desvergüenza, como el intento de comparar a los manifestantes con los golpistas militares del 23F. A la señora De Cospedal, no se le agarrota la garganta al comparar a todos los manifestantes con guardias civiles que tomaron el congreso, pistola en mano. Pero señora, estos de la manifestación no eran militares entrenados, eran el pueblo en sí mismo. O la cobarde declaración desde el extranjero que ha realizado Mariano Rajoy, el presidente de este gobierno fallido: ““Permítanme que haga aquí en Nueva York un reconocimiento a la mayoría de españoles que no se manifiestan, que no salen en las portadas de la prensa y que no abren los telediarios. No se les ven, pero están ahí…” El estereotipo de la “mayoría silenciosa” de Nixon. Todo un clásico. Borregos domésticos, esos son los que les gustan. Gente calladita que se queda en casa y apechuga con los recortes e indignidades. Sin abrir la boca. Sin armar escándalo. 

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3 pensamientos en “25S, Rodea el Congreso

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